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De la democracia en España

Fecha:
11/03/2015
Un sencillo experimento sociológico consiste en repasar las orlas de sucesivas generaciones de alumnos que decoran los pasillos de tantos colegios españoles. Las del Colegio del Pilar de Valencia no deben diferir mucho de las demás. Las primeras fotos, de los años cuarenta, muestran grupos muy reducidos de jóvenes prematuramente envejecidos, vestidos muy formalmente. A medida que pasan los años y la demografía se recupera, los grupos van aumentando de tamaño. Y de pronto, a mediados de los sesenta, un par de rebeldes aparecen sin corbata. El fenómeno prende: a la altura de 1971 ya no se ve ninguna corbata, apenas alguna chaqueta y el pelo largo habitual. Ese acelerado cambio estético plasma a la perfección los cambios sociales, económicos y culturales que precedieron y permitieron a la Transición española; si no la hicieron inevitable, al menos la hicieron posible, como recuerda en varias ocasiones Javier Pradera en La Transición española y la democracia, una obra en la que rechaza cualquier determinismo sobre el desenlace y niega medallas a quien pretenden acaparar protagonismos.
Pradera, editor y periodista clave en la España de la segunda mitad del siglo XX, falleció el 21 de noviembre de 2011. Desde entonces han aparecido cuatro libros que llevan su nombre y desmienten a título póstumo la acusación de ágrafo que recibió en vida. En Camarada Javier Pradera (Galaxia Gutenberg, 2012), Santos Juliá compone un retrato de la militancia comunista de Pradera escrito casi a cuatro manos con él, a partir de varios textos memorialísticos y una valiosísima correspondencia con Jorge Semprún. La mitología falangista (1933-1936) (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014), una tesis doctoral nunca presentada (su militancia comunista y las detenciones sufridas hacían imposible una carrera académica) que acaba de aparecer con un estudio introductorio de José Álvarez Junco, es un excelente análisis de la ideología falangista y su estrategia en los años previos a la guerra civil. Y por fin están dos libros extrañamente complementarios, que vienen a ser dos miradas sobre la democracia española establecida tras la muerte de Franco.
El primero, el ya mencionado La Transición española y la democracia, reúne dos textos: un artículo publicado en una pequeña revista en 1992 en el que Pradera repasa los acontecimientos clave entre la muerte del dictador y la victoria del PSOE en las elecciones de 1982, y “Una nueva visión de la guerra civil”, una conferencia impartida en 2010 en el marco de un ciclo sobre la generación del 56, de la que fue miembro destacado. La relación entre ambos es evidente; como dice Pradera para cerrar la conferencia: “Transcurridos más de cincuenta años desde aquella fecha, todavía me sigue haciendo la ilusión de que aquel pronunciamiento civil firmado por los descendientes de los combatientes y los muertos de ambos bandos contribuyó a la preparación del espíritu que hizo posible la Transición.” Con su habitual lucidez, Pradera destaca en esa mirada atrás dos ideas: que era fundamental cambiar la visión de la guerra para poder construir un proyecto común y que el excelente resultado final, una democracia consolidad y equiparable a los países de nuestro entorno no solo estaba lejos de la imaginación de los jóvenes opositores que protagonizaron los incidentes de febrero de 56, sino también de sus deseos y de los del resto de los que se enfrentaron a la dictadura antes y después; ninguno de ellos hubiera afrontado los sacrificios que la disidencia conllevaba “a cambio de la monarquía de 1978”.
En parte por eso, como bien advierte Joaquín Estefanía en el prólogo, hay una tentación adanista de volver a empezar de cero e invalidar todo lo que se ha avanzado en los últimos cuarenta años, quizá también porque al culpar a la Transición de todos nuestros males quedamos exonerados los que vinimos después. Pero aunque los problemas que la crisis actual ha sacado a la luz son indiscutibles, no de todo tiene la culpa la Transición, y además se puede tirar el agua sucia y salvar al niño. Para esa labor, el sintético recorrido que Pradera hace de aquellos trepidantes años tiene un valor indiscutible, así como la identificación de las clases del proceso: “una transformación cualitativa de la cultura política española, basada hoy fundamentalmente en el diálogo tolerante, la voluntad de acuerdo, la negativa a transformar al adversario en enemigo, la capacidad para abstraer del presente las ofensas recibidas en el pasado, el estudio de la historia para no repetir los errores y la orientación al futuro”.
Apenas dos años después de esas optimistas líneas, una serie de fracturas evidentes del sistema le empujaron a escribir un fascinante ensayo que solo ahora, veinte años más tarde, ve la luz. Corrupción y política. Los costes de la democracia es un estudio prologado por Fernando Vallespín en  torno a tres ejes: los casos de corrupción que habían empezado a asomar (caso Juan Guerra, caso rubio, caso Hormaechea, caso Calviá…), la creciente profesionalización de la política y el nuevo papel que los partidos políticos habían ocupado en una democracia ya consolidada. No hace falta ser muy perspicaz para ver cómo las preocupaciones de Pradera hace veinte años anticipan tres cuestiones clave de la crisis política e institucional en la que estamos. Leer sus reflexiones sobre la financiación de los partidos, su funcionamiento interno o las puertas giratorias produce un escalofrío: el elefante ya estaba n la habitación, pero logramos no mencionarlo mientras la galopante prosperidad nos tenía ocupados. El exponencial deterioro del sistema y de las instituciones que ahora vemos no puede ser por tanto achacado a un defecto de origen (aunque desde Eliade sabemos que toda religión lleva consigo desde su primera formulación sus herejías): hemos tenido veinte años para atajar los problemas, reformar lo que no funcionaba y plantear alternativas. Y los hemos desperdiciado.
La inteligente mirada de Pradera, su implacable prosa que avanza imparable al servicio de un razonamiento blindado, ya no pueden ayudarnos a desentrañar las claves de la actualidad. Qué hubiera dicho de Podemos, del auge independentista catalán, de los debilitados cimientos del edificio de la Transición. Pero al menos nos quedan sus análisis y el espíritu que los anima, la independencia de criterio, la falta de complacencia con los propios, la búsqueda de razones sistémicas más allá de las anecdóticas. Ojalá que como aquel manifiesto que firmó en 1956 sea un ejemplo y un ejercicio fructífero.

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Acerca del autor:
Miguel Aguilar
Letras Libres

Acerca del libro:
La Transición española y la democracia
Javier Pradera / Joaquín Estefanía