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Salvador Elizondo en sus diarios

Fecha:
01/09/2016
Hay libros que nunca serán mayoritarios, que rara vez encontraremos en las manos de alguien en el metro o en el autobús, que desaparecen de las listas urgentes y desmemoriadas, pero que están ahí con una orgullosa resistencia que viene no ya de su autor, muerto hace diez años (diez en este caso), sino de la propia materia con que están hechos. Al fin y al cabo, ¿quién lee hoy a Góngora o a Hermann Broch, o incluso a escritores más cercanos como la misma Yourcenar, que parece haber encontrado en ese olvido del que sólo de vez en cuando una mirada curiosa –no exenta de pasión– trae a la memoria del tiempo. El narrador, crítico y diarista Salvador Elizondo (México 1932-2006) forma parte de ese elenco de autores que, sin haber desconocido alguna fama, se sumen inmediatamente por debajo de las modas, pero, en cambio, sin desaparecer del todo. Algunos recordarán algunas de sus obras narrativas: Narda o el verano, Farabeuf, El hipogeo secreto, El retrato de Zoe y otras mentiras, El grafógrafo, Camera lucida y Elsinore. En 2004 se publicaron sus Obras en tres volúmenes, y póstumamente se editaron los artículos que había dado a luz en el periódico Unamásuno entre 1977 y 1979. Además de esto, hay que destacar las páginas del diario de Elizondo que su vida, la fotógrafa Paulina Lavista, fue publicando durante un año en la revista Letras Libres, y, ahora, esta lujosa edición de una antología del mismo, al parecer cercano a las treinta mil páginas (en sus cuadernos), que Elizondo dejó inédito a su muerte: Diarios 1946-1985. En este volumen se reproducen numerosas páginas de sus cuadernos, con su peculiar letra de gran tamaño, muy legible, acompañadas de fotos, y por sus propios dibujos, aguadas y tintas, en ocasiones de una curiosa calidad; en otras, anecdóticas. A esto hay que sumar un relato inédito.

Paulina Lavista inicia su prólogo a esta antología del diario señalando que fue mujer de Elizondo «durante 37 años, tres meses y 29 días». Bonito homenaje de alguien que ha valorado cada uno de esos días, aunque no todos fueran fáciles, como parece insinuar; de hecho, ¿cuándo la convivencia, incluso con una misma, puede ser siempre fácil o placentera? Pero a Lavista siempre le sorprendió la vivacidad y la inteligencia de Elizondo, al que conocía desde niña, ya que él era amigo de sus padres. Elizondo se casó en primeras nupcias con Michèle Albán y, tras separarse de ella, se unió a Lavista a finales de 1968. Para entonces, Salvador Elizondo era autor de varias de sus obras importantes (Farabeuf, El hipogeo secreto) y de numerosos artículos sobre literatura, pintura, cine. Como otros escritores mexicanos de su tiempo, su cultura, sin dejar de tener profundas raíces latinoamericanas, estaba alimentada de un elaborado conocimiento de las literaturas de lengua inglesa y francesa. En el caso de Elizondo, el diálogo que mantuvo a lo largo de su vida con Mallarmé/Valéry, y Joyce/Borges fue notable, y puede en parte rastrearse en las páginas de este diario, así sea una pequeña muestra (algo más de trescientas páginas, pero en realidad no más de doscientas de texto). Es cierto que habría que recordar a Bataille, pero quizás se podría decir que, aunque su influencia (en cuanto a su teoría del amor y del erotismo) es evidente e insoslayable en uno de sus libros y en otros momentos de su obra inicial, no es un diálogo del orden de los señalados con esos escritores seminales. Alguien señaló que la característica de Elizondo era, en la esfera de las ocupaciones y obsesiones, ser un erizo disfrazado de zorro, es decir: que tiene una sola idea central, pero distracciones varias. Podría ser. A la espera de que se publiquen al menos unas mil páginas de ese inmenso diario que Elizondo llevó en secreto toda su vida (desde 1945 al 26 de marzo de 2006, tres días antes de morir), siguiendo en parte la misma pasión que su admirado Paul Valéry, repasaremos ahora estas pocas páginas (maravillosamente editadas). No sabremos, pues, hasta que podamos leer una gran parte de ese material inédito si, como insinúa Paulina Lavista, es la gran obra de Elizondo. Adelanto que no lo parece por lo antologado, pero para emitir una verdadera valoración hay que esperar a leer, porque este tipo de obras pueden tomar importancia o perderla en la acumulación.

Escribir en inglés… y en francés. De hecho, la primera anotación del diario está escrita en la lengua de Joyce, y es del 4 de enero de 1945, cuando estaba en el internado militar de Los Ángeles, California, trasunto de su Elsinore (1988). Como Elizondo hace anotaciones prácticamente a diario, y realmente quiere retener lo vivido, lo visto, lo pensado, es normal que aparezcan familiares constantemente en los primeros años, como después lo harán escritores, pintores y cineastas. En 1947, a los quince años confiesa lo que le interesa: «sólo me gustan tres cosas, la física-matemática, la astronomía y las mujeres». ¿Valéry? Es obvio que le interesa el cine, la pintura y la literatura, pero el erizo se disfraza y, al hacerlo, se revela. Nos sorprende la madurez del Elizondo adolescente, sus lecturas (Emerson, Huxley, O’Neill), algo que nos puede hacer recordar al joven Stendhal de la misma edad en su Journal. Indiquemos, por otro lado, que el joven Elizondo escribía poesía entonces, género en el que nunca destacó. Pero en realidad, como le dice a su padre, quiere ser artista… Sin duda es un adolescente en su percepción de ciertas cosas, sólo hay que leer lo que dice en 1949: «17 años, ya parecen muchos. ¿Satisfacción? Acaso. No lo sé. Sólo sé que el tiempo vuela». Cierto, vuela, pero tendrá tiempo de ralentizarse.

Elizondo in love: de Diana, Louise, June, Susana, Gloria… y a la búsqueda de un fundamento estético, o de una estética: un método, no ajenos al procedimiento de montaje (vía Eisenstein). De mayo a julio de 1952 está en París con la firme voluntad de ser pintor, aunque al parecer es demasiado cerebral; de hecho, él mismo escribe que «el verdadero superhombre es cerebral» (¿Monsieur Teste?). en 1954 relee Ulises: «la más grande lección de literatura de muchos siglos para acá». Y en 1955: «creo que Rulfo y Paz son los únicos que valen en la Literatura Mexicana». Conoce a varias muchachas fantásticas: Flora, Luz del Amo, Pilar Pellicer (de la que se enamora). Cree estar enamorado tantas veces como cree no estarlo. Pero necesita enamorarse, y hacer algo, ¿qué? o se volverá loco. En 1956 está en Roma. Sigue pintando, lee mucho y escribe una novela, aunque, confiesa: «yo no soy novelista». Y ama perdidamente a… Norma. Ya ve más claro lo que es insoslayable en su manera estética de cualquier manifestación artística. Dos posibilidades únicas: «La creación de Belleza (Valéry, Rafael, et al.) y la creación de lenguaje (Joyce)». Su camino: cumplir ambas funciones. En este sentido, la poesía de Neruda le parece «deplorable». En 1958 aparece Michèle, con quien se casa ese mismo año, con quien no tarda en llevarse mal. Lee El arco y la lira, del que dice al principio que es un libro del que se puede aprender alguna cosa para acabar afirmando que es el libro de «crítica más importante que se ha escrito en América hispana». Aunque, remacha, «desgraciadamente Paz hace demasiadas referencias al problema de la comunión (comunidad) poética». No le falta algo de razón. A partir de los treinta años está ya sumergido en lo literario, y las preocupaciones por el lenguaje se concretan y ahondan: «¿Qué expresa el lenguaje cuando no expresa el dolor intenso de carecer de significado?»; «Las palabras son el paliativo a nuestra urgencia de crimen, a nuestro goce en la mutilación». Sí, estamos ya en la atmósfera de Farabeuf. Y en la vida con Paulina, que durará hasta su último día de vida. Salvador Elizondo es ya el erizo que quiso ser siempre: una vocación, una idea (en su sentido más amplio), y un amor, que no excluye, como su mujer descubre al leer los diarios tras la muerte de su marido (una experiencia difícil), pues tuvo, mientras ella se ausentaba de México por su trabajo de fotógrafo, algunos amores. El erizo amoroso convertido un poco en zorro. No voy a tratar de agotar las referencias, amistades, gustos y disgustos, pero sí de señalar que estas páginas –y sin duda las que se publicarán en un futuro– del diario de Elizondo nos permiten acceder mejor a la obra de un escritor verdadero, y un mundo (sobre todo el mexicano) desde una tan personal como valiosa.

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Acerca del autor:
Beatriz García Ríos
Cuadernos Hispanoamericanos

Acerca del libro:
Diarios: 1945-1985
Salvador Elizondo y Paulina Lavista (prólogo, selección y notas)