NOTA DE PRENSA

Nota: El PIB, da la felicidad
Autor de la nota: Justo Barranco
Medio: La Vanguardia. Dinero 15
Fecha: 05/11/2017
Libro: EL PRODUCTO INTERNO BRUTO
Autor del libro: Diane Coyle
Extracto:   Diane Coyle analiza los orígenes del PIB, sus paradojas, limitaciones y virtudes para leer la economía actual

Las guerras son la madre de la invención, y el Producto Interior Bruto, el PIB, es un invento de la Segunda Guerra Mundial. Antes ya había sido otra guerra, la AngloHolandesa de 1664, la que llevó a William Petty a desarrollar indicativos del ingreso de Inglaterra y Gales para saber si podían tolerar más impuestos y ganar la contienda. Habría más intentos de medir el ingreso nacional, pero la medición de la economía previa al siglo XX no fue nada seria: el crecimiento económico del mundo fue muy lento hasta el siglo XIX y sólo la Revolución industrial impulsaría con fuerza su medición.

En los años veinte Colin Clark en el Reino Unido, y luego Simon Kuznets en los EE.UU. de la Gran depresión, necesitados de una buena descripción del estado de la economía, desarrollaron métodos para calcular el ingreso nacional. Y justamente Kuznets ya creyó entonces bueno tener estimaciones del ingreso nacional que eliminaran lo que era más prejuicio que servicio: gastos en armamento, en propaganda, en actividades especulativas o para sortear las dificultades que crea nuestra propia civilización económica. Un enfoque basado en el bienestar y un debate que dura hasta hoy, pero que entonces decayó pronto. El bienestar era un lujo de tiempos de paz: ya en guerra, Roosevelt deseaba cuentas que indicaran la capacidad total de producir y que no mostraran que el gasto total en armamento reducía el producto de la nación. En un tiempo en el que el papel del gobierno sobre la economía se dispara, nacería allí el Producto Nacional Bruto –con los años preferirían el PIB–, que mostraba el potencial de la economía para la producción de guerra. De hecho paralelamente Keynes en Inglaterra había apostado también por el PIB para la guerra y además esas cuentas sofisticadas serían la base de una nueva política económica más intervencionista, utilizando las políticas fiscal y monetaria para aumentar el crecimiento.

Son algunas de las anécdotas que la economista inglesa Diane Coyle recoge en El Producto Interno Bruto. Una historia breve pero entrañable, un libro que explica el PIB y reflexiona sobre él: el de Nigeria casi se ha duplicado al actualizar el papel de áreas de negocios de crecimiento rápido como Nollywood o los móviles; y, en plena crisis, el PIB de muchos países europeos ha crecido al añadir las estimaciones de prostitución y drogas. Sin embargo el PIB no incluye el trabajo no remunerado en el hogar... El PIB, asume Coyle, no mide el bienestar, pero sigue siendo un indicador clave. No narra el incremento de la desigualdad, el daño ambiental y climático ni si crece sosteniblemente la economía. Y además, añade Coyle, era una buena medida para la producción en masa y el Estado nación de la posguerra, pero no está claro que mida bien una economía digital globalizada con la veloz introducción de nuevos productos y la proliferación de servicios a precio cero y de intangibles. Aún así, cree que sigue siendo una medida importante de nuestra capacidad y creatividad: el crecimiento económico es un contribuyente clave a nuestro bienestar, aunque no sea el único.

http://www.lavanguardia.com/edicion-impresa/20171104/432608267174/el-pib-da-la-felicidad.html